
Igual que su protagonista, el documental ha tenido un extraordinario viaje hacia varios países, conquistando festivales y premiaciones, y conmoviendo al público con una historia emocionante sobre migración, fotografía y esos grandes descubrimientos cotidianos que nos recuerdan de dónde venimos.
Prensa MPPC (07/04/2026).- El extraordinario viaje del dragón es el segundo largometraje de Kaori Flores Yonekura, cineasta merideña que ha dedicado su filmografía a retratar la venezolanidad a través de su identidad mestiza, la memoria migrante heredada y la crianza japonesa recibida de su familia materna.
El filme —poético, minimalista, detallista y asombroso— comparte la historia del tío abuelo de la realizadora, Yoshitomi Furuya Omura, ex soldado japonés aficionado a la fotografía, que emigró a Venezuela en tiempos de la segunda guerra mundial. Es un relato de aventuras, arraigo y amores que usa como hilo conductor 900 imágenes captadas por el protagonista y que dan cuenta no solo de su trashumancia, sino también de cómo el mundo y las relaciones humanas han cambiado en menos de un siglo. Mira el trailer
Es así como a través de la mirada de Yoshitomi conocemos al Japón de principios de siglo XX, al barco donde viajó a América que luego fue bombardeado, vistas de Machu Pichu que ya no existen, al Lago de Maracaibo redescubierto y los entretelones de las tiendas japonesas de Caracas que maravillaban a grandes y chicos con su mercancía exótica. Flores le pone sonido y contexto a todas estas postales y el resultado es, de nuevo, un extraordinario viaje en el tiempo.
El documental, que recibió el apoyo del Centro Nacional Autónomo de Cinematografía CNAC para su postproducción, logró la candidatura venezolana a los premios Ariel, Platino, al Goya, al Grande Otelo, entre otros, y también formar parte de la selección en festivales como Punta del Este, en Uruguay; DocCoimbra, en Portugal; y Toulouse, en Francia. Empero, para Flores el mejor reconocimiento son los comentarios que recibe de las personas que ven la pelicula, gente disímil que coincide en la esencia de lo que quiso transmitir: lo maravilloso de la vida cotidiana. Por eso piensa que para Venezuela es una película conciliadora.
Hablamos con Kaori no solo sobre esta película, sino también sobre Nikkei —su ópera prima—, sobre cine venezolano, sobre las mujeres detrás de cámara y sobre sus referentes como artista y contadora de historias. De la realización nacional se identificó como fan de Solveig Hoogestein, de Margot Benacerraf, de Alfredo Hueck, de Gustavo Rondón, de Nico Manzano y de Clemente de la Cerda. Sobre el fortalecimiento de la industria, comentó que, entre otras cosas, hacen falta fondos regionales para que florezca la producción en todo el país.
Esta es una versión corta de nuestra conversación:
—Ha tenido un extraordinario viaje El extraordinario viaje del dragón. ¿A qué le atribuyes tal acogida?
—Yo soy muy rigurosa conmigo misma y con mi trabajo. No sé si es la crianza japonesa, que influye mucho. La honorabilidad es muy importante. Viene del respeto por el otro. Entonces, el que una persona vaya al cine y pague su entrada; que se vista, se movilice y que no salga satisfecho de una película que tú hayas hecho, para mí es muy doloroso y me angustia. Entonces, soy muy rigurosa durante todo el proceso. Conmover al otro es para mí una de las herramientas más poderosas de comunicación humana. Creo que la gente ha conectado con la película justamente por sentirse identificada con la migración, con sus propias familias y con su cotidianidad.
—Está aquel viejo adagio de “Cuenta tu aldea y contarás el mundo”. Tú, en tus películas, te has dedicado a contar tu aldea, que es tu universo personal y tu memoria familiar. A través de eso, ¿qué quieres contar del mundo?
—Lo que me interesa en mis dos películas y creo que va a ser el tema recurrente para siempre, es cómo se construye la identidad, en este caso a través de la migración. Cómo asimilas una nueva cultura a medida que vas transitando tu vida en diferentes territorios y cómo esa aldea que se forma al final es producto de todo ese viaje, de toda esa construcción y asimilación.
—Hablas de Venezuela y de migración y en los últimos años esas dos palabras han estado juntas para hablar de diáspora. Tú, en cambio, las usas para hablar de un país que recibe…
—Quiero hablar de Venezuela como país de acogida. De este gran país que dio grandes oportunidades a ciudadanos que ni siquiera podían estar aquí legalmente. Son ciclos. Creo que es algo natural que suceda la migración, solo que hay que revisar las formas en que están recibiendo a los inmigrantes. Hay un tema de derechos humanos que está siendo transgredido y hay leyes migratorias que están muy deshumanizadas. Lo podemos ver en España, en el trato a los venezolanos en otros países, lo que sucede en el Medio Oriente, la migración forzada. Pero, volviendo a la película, lo importante es que el público empiece a crear criterio y diga: wow, sí, es un ciclo, ahora nosotros somos los que emigramos y ojalá los países nos reciban como Venezuela recibió.
—Has presentado el documental en varios países. ¿Cómo sientes que la han recibido?
—A los japoneses que la vieron acá, o sea, el embajador y todo su equipo, les encantó, les abrió un poco más la perspectiva y conocieron más de la historia de la comunidad que ellos vienen a atender. En Venezuela ha sido una película muy conciliadora. Me ha entrevistado gente de diferentes posiciones políticas, de diferentes formas de pensar, que les ha encantado porque se sienten identificados con lo que se dice. En el extranjero, estuvo en DocCoimbra donde ganó un premio honorífico como mejor largometraje internacional. A ellos les sorprende mucho el hecho de que hubieran japoneses en América Latina y la forma en que emigraron. Hay un tema con la historia de Asia, que ha sido contada a los occidentales de la forma en que los occidentales ven el mundo. No conocen, por ejemplo, cómo fue luego de la guerra y la invasión estadounidense, o que todavía hay 300 bases militares estadounidenses en territorio japonés. Hay un montón de cosas que en Occidente no se hablan. Entonces, los comentarios han sido hacia allá. Y los venezolanos, sobre todo los últimos que estuvieron en DocCoimbra y los que estuvieron en Toulouse, fascinados porque se sintieron como viéndose en el espejo, viendo ese país de dónde vienen y por qué uno es como es.
—Cuéntame tu valoración sobre el cine documental venezolano en este momento
—Yo creo que el cine documental venezolano es de lo mejor que tenemos. Si tú ves la trayectoria de Nikkei, son más de 30 festivales. La primera película con la que ganamos Cannes fue un documental, Araya, y de una mujer, Margot Benacerraf. Creo que eso marca un hito en lo que somos como industria nacional. Yo creo que también hay un asunto de que para mí no hay diferencia entre ficción y documental, para comenzar. Entonces, El dragón… es muy especial porque es documental, pero también es un drama histórico fantástico. Por eso le han postulado a premios como el Goya, los Ariel, los Platino, y eso ha sido por votación de los cineastas, de mis colegas. Creo que ellos la han promovido justamente porque si bien es un documental también hay unos elementos de calidad técnica, narrativa y estética con la que se sienten identificados y piensan que esa es la mejor representación que tenemos.
—Háblame sobre ser mujer en el cine venezolano
—Tenemos unos zapatos grandísimos que llenar. Tenemos mujeres muy fuertes haciendo películas muy importantes con temas duros y haciendo una revisión de la feminidad y del feminismo. Nosotras siempre vamos a seguir haciendo cine, así nos pongan trabas. Creo que necesitamos más mujeres evaluando nuestros proyectos. También es muy importante la formación de técnicas mujeres. Es complejo de decir, pero sí nos hacen grooming y gaslighting en los rodajes, cuando una mujer dirige es muy distinto cómo te tratan, a cómo tratan un hombre director. Hay un sistema patriarcal en el que se le cree más a un hombre cuando presenta un proyecto y una mujer se tiene que esforzar dos y tres veces más en demostrar que sabe lo que está haciendo y que su visión tiene valor.
—¿Y sobre el cine regional? ¿Es más difícil hacer cine que si estuvieras en Caracas? ¿Cómo lo ves?
—Yo nací en Mérida, que siempre ha sido un centro cultural. Tuvo festivales de cine importantísimos, una universidad donde estuvieron los más grandes cineastas de América Latina, especialmente en la época del plan Cóndor. Es muy distinto a un lugar como, no sé, Falcón, que no tuvo cineastas que crecieron viendo estas referencias ni acceso a salas donde hubiese cine nacional. O por ejemplo, Maracaibo, donde está el Lía Bermúdez. Entonces, depende mucho. En Trujillo ahora viene un festival que ojalá promueva más la formación de cineastas y de público. En Táchira hay dos o tres festivales de cine. Que haya una circulación de cineastas en estas regiones y que hayan festivales o muestras ayuda mucho.


T: Rosa Raydan



